Pablo Llorca
Madrid / 1990

En la Mitad del Camino

La leyenda cuenta que tempranos viajeros procedentes de Oriente Próximo se instalaron en el continente americano y allí edificaron pirámides inspiradas en las que vieron en su tierra. Cierta o no, y aun suponiendo que si no pasó sí pudo hacerlo, Pedro Wrede ha decidido realizar un viaje de vuelta. De Brasil ha traído un bagaje cultural y unos modos de hacer que sólo aquel que conoce realmente qué es el arte latinoamericano identificará con hábitos estéticos propios de esas otras tierras orientales. Si este pintor brasileño no ha viajado hasta tan lejos eso es debido a que al fin y al cabo vive en su tiempo, el nuestro. Habitante de la metrópoli, aplica su exótica caligrafía a la visión frenética de la urbe occidental. A veces sus imágenes son evocadoras pirámides o zigurats, pero prevalecen edificios modernos rellenos de signos no menos evocadores.

Pedro Wrede posee los años suficientes como para haber madurado una cultura. Habitante en Madrid desde hace pocos años, su periplo de largo aprendizaje fluyó a través del continente latinoamericano. Brasil, Panamá y Uruguay fueron esos países. De no haber sido así es dudoso que su pintura poseyera esa apariencia tan distinta a la occidental. Pero Pedro Wrede lleva establecido aquí algunos años; los suficientes para aplicar su personal caligrafía al skyline madrileño.

Con el arte procedente de Latinoamérica sucede lo contrario de los cánones habituales. De forma casi constante uno exige al arte una serie de patrones que dan la medida de la calidad. Rigor, sobriedad, claridad de esquemas, energía centralizada, belleza. Son partes sustanciales que en menor, o mayor medida, se encuentran en las obras que apreciamos.

El resto es iconoclastismo, y las veleidades que uno suele permitirse respecto a esa regla con los años se suelen pagar. ¿Por qué entonces los moldes occidentales no son transferibles al arte de ese outro continente? Los artistas más conocidos son os Orozco, Soto, Le Parc.... Sin embargo, uno sospecha que esa preferencia esté más en función de patrones identificables que de una energía que merezca la pena.

En Iberoamérica existe otra corriente mucho más desconocida en nuestras tierras. La de artistas de diversas nacionalidades como los Uribe, Mendive, etc. Lo que aquí chirría, allí posee una personalidad no exenta de encanto, donde la exuberancia es su principal característica. La herencia del barroco español no se detuvo en las iglesias. Mezclado con el indigenismo ha producido un arte lleno de colorido y desbordamiento; exótico, sin duda. Algo parecido a lo que se definiría como kitsch.

Pedro Wrede no es un pintor kitsch. Su estilo posee en el fondo cierta contención propia del que sabe calcular lo que debe o no hacer. Sus cuadros poseen unas tonalidades terrosas no muy alejadas de lo que por estos lares es usual. Incluso en cuadros anteriores es posible imaginar la huella de un Rothko, sintético y entregado a los campos abstractos. En la eterna lucha del artista consciente – el rigor frente al frenesí – Wrede mantiene un equilibrio no siempre evidente.

Se le podría calificar de falso ingenuo. Juega con la ventaja de conocer ambas culturas. Y en el fondo no pinta como sus ancestros asiáticos, sino que alude a ellos. Finas bandas recorren los márgenes de los cuadros, advirtiendo las intenciones de crear una obra que integre ambas culturas a partir de un tratamiento moderno occidental. En España, poseemos tapices medievales con cierta propensión a ese horror vacui que él utiliza.

Más propio, no obstante, sería hablar de los restos que han llegado de estelas egipcias. O de los códigos mesopotámicos poblados de signos cuneiformes. Wrede se mueve entre estas dos alusiones. Maneja con ambivalencia signos abstractos o pequeñas figuras identificables, de la misma manera que los mesopotámicos abundaron en aquéllos o los egipcios en éstas. Mirados a distancia, los cuadros parecen un enjambre de signos; poniendo más atención se identifican multitud de figuras y objetos, como si el pintor hablará de los millones de posibilidades que una metrópoli ofrece. En el fondo, no obstante, lo que prevalece no son las historias particulares desarrolladas en estratos. Lo importante es esa atmósfera general, repleta de confusión y movimiento, de que los cuadros se apropian.

Andando a medio camino entre Oriente y Occidente, Wrede conoce cuáles son las exactas medidas con que dosificarse. Adopta un punto de vista sutilmente occidental – el cuadro dentro del cuadro – pero proporciona más tintas propias de algo que suponemos tan exuberante como Brasil. Pese a esa conciencia típicamente occidental – y quién no la posee ahora en el mundo del arte – su obra está afiliada a su territorio de origen. Y puede apropriarse de todos los valores que la dignifican y al tiempo la hacen extraña a nosotros. Una energía inagotable con la que trabajan a fondo la tela, creando imágenes en cualquier espacio de la superficie, con un modo de expresión un tanto frenético. Esa propensión a los excesos es la que hace misteriosamente estimables a algunos artistas.

Este camino medio por el que el pintor de Brasil ha decidido andar es quizá la causa de haber elegido Madrid como lugar de trabajo. En su periplo de regreso hacia esas fuentes primitivas a las que antes he aludido, Wrede posiblemente decidió instalarse en un punto medio del camino, un país vagamente occidental situado en las puertas de la cultura del Próximo Oriente. Madrid cumple de esta manera una función inversa, pero similar, a la que las culturas primitivas han significado para algunos pintores occidentales. La búsqueda de inspiración cultural ha presidido los viajes que ciertos artistas han venido realizando desde hace muchos años. El caso más remoto de Gauguin en la Polinesia o los más cercanos de Clemente y Barceló en Africa son búsquedas de energías que permitan renovar patrones e impulsos un poco saturados. Vampirismo de culturas, en suma. Eso es, en definitiva, lo que Wrede ha hecho, invirtiendo el sentido.

Esa alimentación simbiótica de culturas es lo que lleva a que pintores procedentes de ámbitos muy diferentes terminen por parecerse. Las diminutas figuras de Wrede son gemelas a las pintadas por el artista alemán Penck. La diferencia paradójica reside en que el alemán ha asumido el ritmo africano y Pedro Wrede recoge el frenesí de la metrópoli.

Pablo Llorca


Madrid / 1990