Pedro Wrede, el ancestro y la ciudad
Parte de los expresionismos toman de de los primitivismos una carga sentimental que se integra en su propio ser. Aunque no todos esos sentimientos tienen por qué revestir la apariencia dramática que frecuentemente es el rasero de la tendencia. Véase si no el caso de Pedro Wrede (Rio de Janeiro, 1952), en cuya obra se parte de lo primitivo para explicar una serie de análisis del paisaje urbano en cuyo discurso, más que drama, hay una dosis muy grande de lirismo.
La pintura de Wrede es la yuxtaposición de un lenguage sígnico, com claras raíces étnicas, sobre unos esquemas figurativos nacidos, sin discusión alguna, de su cercanía a la gran urbe, de la que toma ciertos símbolos totémicos para recubrirlos de essa larga teoría ancestral, entre historicista, litúrgica y decorativa, que le ha llegado a través de la contemplación de muchas culturas primitivas. Su pintura tiene algunos patrones dentro del arte moderno, pero si hubiera de citarse un estricto parentesco habría que hacer referencia a su paso, estudioso y observador, por el mundo iberoamericano, entresacando de aquel continente un lenguage de signos que ahora ha incorporado a ese otro mundo en el que en este momento se encuentra inmerso. Por eso su obra tiene un aire poco occidental; en cuanto fondo y revestimiento, son una adecuación técnica a mundos muy diferentes.
La caligrafia es la epidermis de cualquier figura. Su memoria y los afectos hacen que las construcciones urbanas sean parte de un mundo lejano, donde la pirámide y el adobe se han disfrazado de rascacielos o éstos se han recubierto de estructuras decorativas remotas, lo que es ni más ni menos que una añoranza de lo lejano y una mirada atrás que quiere recuperar una tradición a que sólo puede recurrir mediante el recuerdo. Y esse recuerdo le hace evocar formas distantes com la exuberancia de la imaginación, com una pasión que a veces es encanto, y otras, melancolia, desbordada y contenida, la signografia de Wrede nos conduce a lo exótico a través de esa silueta cotidiana de lo conocido.
Para Pedro Wrede, en la pintura hay que encontrar el equilibrio entre la razón y el corazón, y lo mismo que no evita que la memoria le traicione en las apariencias de las formas, quiere que esse frenesí en lo superficial se controle mediante las cuestiones serias de la plástica. Colores y escalas, texturas y calidades, valores y síntesis, son ajustados a un comportamiento razonado en el que Wrede se muestra inflexible.
Antes hacía mención a ciertos patrones dentro de la pintura de Wrede. Creo que buscar analogías es simpre peligroso, pero en su caso las «paternidades» llegan por el convencimiento más que por la premura, la comodidad o la incompetencia. Tanto Klee como Penck, son unas claras fuentes de energía a las que el pintor recurre para encontrar tierra en la que anclarse. En el fondo, es la excusa para justificar unos viajes entre el presente y el passado, a lo étnico y a la actualidad, al drama y a la poesía, desde el entorno físico propio al que añora. Y como esos viajes, son casi siempre sentimentales, hay que ver en ellos lo válido por encima de todo lo que tienen de accesorio.
Jose Ramon Danvila
Madrid/1990